Cuatrocientos años sin El Greco: el pintor de las lágrimas que no brotan

Por Nuria Reina Bachot

Cualquiera que estos días decida darse un paseo por Toledo percibirá que la ciudad ha sido tomada desde hace meses por un cretense. Responde al nombre de Doménikos Theotokópoulos y amenaza con ocuparla hasta final de año, por lo menos.

Esta metáfora recién sacada de la chistera no es solo un ardid literario sino una realidad. Para el mundo de la cultura, el 2014 ha sido y es el año de El Greco. Tanto es así, que ha sido necesaria la creación de una institución, la Fundación El Greco 2014, para poder agrupar todos los actos conmemorativos del Cuarto Centenario de su muerte. Los homenajes abarcan desde exposiciones y conferencias, hasta cursos monográficos, conciertos y la creación de un sello y una moneda en su honor.

Ante semejante despliegue, tal vez muchos se pregunten el porqué de esta Grecomanía en nuestros días. Para explicarlo, deberíamos remontarnos al 7 de abril de 1614. Tras la muerte del artista, su figura y obra se sumieron en el olvido y en la penumbra durante un largo periodo de tiempo: tres siglos, nada menos. No fue hasta mediados del XIX cuando un grupo de románticos franceses como el poeta y crítico Theophile Gautier, Paul Lefort y Gustave Doré y luego, otros tantos intelectuales modernistas como Rusiñol y Unamuno, decidieron rescatar al artista de esa profunda oscuridad y devolverle la luz que se merecía. ¿Qué hicieron? Patrocinar su obra de distintas maneras. Tanto Gautier como Lefort y Doré realizaron un recorrido por España que derivó en obras posteriores  donde se ensalzaba la figura de El Greco, el genio loco, el precursor del Impresionismo y el espejo de la mística castellana.

Rusiñol, por ejemplo, compró en París dos de sus trabajos más importantes, como las Lágrimas de San Pedro y la Magdalena Penitente, los cuales acabarían expuestos en el Museo Cau Ferrat de Sitges. Cabe mencionar que el traslado de dichas obras fue multitudinario y en procesión cívico-religiosa y no faltó ni la banda municipal, ni las flores lanzadas desde los balcones. Además, realizó una copia de El caballero de la mano en el pecho y promovió la construcción de una estatua en su honor, inaugurada en 1898 en Sitges. Por su parte, Unamuno en su ensayo titulado El Greco, calificó la obra del cretense como un reflejo de la esencia hispana, lograda a partir de una fusión del espíritu y paisajes españoles. Desde luego, su admiración queda patente cuando afirmó: Vino acaso buscando El Escorial, donde quería trabajar, y halló nuestra alma.

Llegado 1914, Toledo acogió la celebración de los actos conmemorativos del Tercer Centenario, los cuales incluyeron conferencias, obras de divulgación, conciertos y una exposición el Museo de El Greco, inaugurado en 1910, la cual por supuesto, atrajo el turismo internacional.

Todos estos hechos ayudaron a configurar una nueva visión del pintor y fueron el pistoletazo de salida para su reconocimiento universal. En este proceso fue de vital importancia señalar la influencia del artista sobre otros pintores. A veces, esta huella se materializó en el uso de la paleta greconiana, como fue el caso de Manet, que copiaba sus grises, blancos y negros. En otras ocasiones, su rastro se percibía en la reproducción  de su estilo anguloso,  como reflejan las Señoritas de Avignon, de Picasso  o en la construcción del cuerpo como se puede contemplar en Los Bañistas de Cezanne  o en la distorsión de la realidad, como hizo Van Gogh en sus cielos y Munch, con su Grito. Pollock, por su parte, admiraba la aparente libertad de sus trazos, que en realidad era un prodigioso estudio de líneas y colores.

Por supuesto, la influencia de El Greco llegó a ser en ocasiones muy directa, pues algunos se atrevieron con versiones de El Caballero de la Mano en el Pecho, como Modigliani y Cezanne con su Dama del Armiño.

En definitiva, la lista de autores con un toque Greconiano sería muy extensa y se quedarían en el tintero nombres como Diego Rivera y Kokoschka, entre otros. Además, cabe señalar que su influencia traspasó la pintura y llegó hasta la Gran Pantalla. Así lo han reflejado Adolfo de Mingo Lorente y Palma Martínez-Burgos  en su libro El Greco y el Cine, publicado por CELYA, donde analizan diferentes biopics que se han hecho sobre el autor, junto a otras curiosidades cinematográficas.

Con todo este trasfondo histórico-artístico es comprensible la necesidad imperiosa de reorganizar toda la información para hacer  accesible al gran público lo que el Greco nos dejó. La tarea, que no era fácil, ha sido llevada a cabo por La Fundación El Greco, diversas instituciones nacionales e internacionales y expertos como Leticia Ruiz, comisaría de la exposición de Arte y Oficio, que tuvo lugar el 9 de septiembre en el Museo de Santa Cruz, Toledo.

Leticia Ruiz, Doctora en Historia del Arte y Jefe del Departamento de Pintura Española del Renacimiento, ha logrado reunir obras de El Greco traídas de museos de todo el mundo, entre ellos  el Metropolitan de Nueva York y de colecciones privadas como las de Reino Unido. A este respecto, la señora Ruiz ha tenido la amabilidad de conceder una pequeña entrevista que mostramos a continuación.

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Entrevista con Leticia Ruiz

En general, ¿podría decirnos cómo ha sido la experiencia de este intercambio artístico? ¿Ha participado con anterioridad en otra actividad cultural en la que estuviera involucrada Gran Bretaña?

Un proyecto expositivo es siempre un esfuerzo enorme que nos pone a prueba en muchos aspectos; pero siempre se aprende y disfruta, especialmente en el montaje, cuando las ideas se concretan de verdad. Al tratarse de una exposición tan especial, el trabajo ha sido algo más duro pero más fascinante aún. Me considero una privilegiada por haber podido hacer esta exposición. Como conservadora del Museo del Prado, he podido colaborar en muchas ocasiones con otras instituciones británicas; siempre satisfactoriamente.

Una de las claves de esta exposición es la novedad de mostrar obras del taller de El Greco, como la Adoración de Los pastores, de Diego de Astor, colección privada, Londres. ¿De qué manera podemos seguir aprendiendo de El Maestro a través de su escuela?
Desgraciadamente no contaremos con la estampa de Diego de Astor de colección  londinense. No conseguimos respuesta se sus propietarios, por lo que volveremos a contar con la estampa del Metropolitan Museum de Nueva York.

En la entrevista que usted concedió a la 2 de TVE, enumeró las dificultades que implica organizar una exposición de este calibre, entre ellas el coste de los préstamos. Para los profanos en la materia:
-¿podría explicarnos brevemente qué pasos se siguen desde la solicitud de un préstamo hasta que la obra llega a su lugar destino?
La selección parte de un discurso o idea expositiva. Hay que buscar obras que encajen en esa idea y en el espacio en que se desarrollará. Trazamos un proyecto ideal y se solicita y explica al prestador potencial los motivos, fechas y las condiciones del espacio donde se desarrollará la muestra. Si la respuesta es positiva, se inicia la programación de todos los aspectos burocráticos y los relacionados con el movimiento y traslado, teniendo en cuenta todos los requerimientos y condiciones que hayan señalado los prestadores; asunto muy complejo y profesionalizado.

Y para terminar y soñando un poco, imaginemos que no existieran trabas económicas ni burocráticas ni de cualquier índole, para realizar un intercambio de dos obras entre la National  Gallery  de Londres y el Museo del Prado ¿Cuáles elegiría?
Con la National Gallery tenemos una relación muy fluida y amigable, donde podemos intercambiar numerosas obras maestras. La exposición antológica que se celebró en 2003 contó con un buen elenco de grecos del Prado.

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Leticia Ruiz es una de las personas que ha sabido divulgar la complejidad de los mensajes de El Greco. Un ejemplo es su clara explicación acerca del origen –tan discutido- de las figuras alargadas de El Greco. Según la historiadora, el recurso no obedece a un defecto físico sino más bien a una forma de acercar a los personajes retratados a lo divino, tal y como puede verse en El Entierro del Conde Orgaz. En la obra, puede apreciarse el alargamiento de las figuras en la zona celestial y la perfecta proporción de los rostros en la zona terrenal.

El trabajo de Leticia Ruiz es parte del engranaje que ha logrado esa Grecomanía de la que hablábamos al principio. Ahora, El Greco ya no es solo un asunto de intelectuales y artistas, sino parte de todos los ciudadanos que aman a Doménikos Theotokópoulos, un hombre que supo reflejar la espiritualidad de sus personajes a través de las lágrimas más dolorosas: las que no brotan.